Chiste sobre el Gallo Bueno y el Malo

•August 11, 2010 • Leave a Comment

FUENTE: CHILE.COM

Chiste enviado por mauricio alejandro

Llego un portugués al campo. De repente, se encontró con una serie de personas puestas en forma de círculo. Fue hasta allá a mirar lo que sucedía. Entonces le preguntó a un borracho que estaba en el medio mirando también: “¿qué pasa campesino?” “Está ocurriendo una pelea de gallos”, le respondió éste. El portugués le preguntó si se podían hacer apuestas y el campesino le respondió afirmativamente. Entonces el portugués le dijo al campesino: “Cuál es el mejor y buen gallo? El campesino le dijo: “El gallo bueno es el blanquiño”. El portugués le apostó todo lo que tenía. Comenzó la pelea. El gallo blanco se llevó una zurra y perdió la pelea. Ahí el portugués fue pelear con el campesino borracho y le dijo: “Mira estúpido. Me dijiste que el gallo bueno era el blanco. Sí. Usted me preguntó cual era el gallo bueno. Sin embargo, el gallo negro era el malvado y campeón en estas peleadas.

Lidias y riñas

•August 11, 2010 • Leave a Comment

FUENTE: EL COLOMBIANO

Arturo Guerrero | Medellín |

Qué lidia con los toros de lidia. Qué riñas por las riñas de gallos. Los gladiadores en el imperio romano cumplían idéntica función: sangre de seres sensibles que se derrama sobre la arena del espectáculo para fruición de gentes a las que no les pasa por la mente la conexión universal de las cosas.

El músculo es la masa, el desgarramiento es la herida, la sangre es la vida en fuga. La masacre que se oficia en el ruedo está ligada de modo indisoluble a los ojos que la contemplan, así el pavor haya desaparecido entre alcoholes o entre argucias justificadoras de la barbarie. El animal no sufre solo, es la piel del alma de los circunstantes la que al mismo tiempo se abre con violencia.

Todos somos el toro y el gallo, a todos nos aturde la humillación de ser instrumentos de la cruenta alegría ajena. Quien no sienta en su sangre la sangre zoológica está amputado en materia grave de su ligazón con los vivos. Cada banderilla, cada espuelazo, son propiciados por cada asistente al circo de la espuria fiesta. Todos son los verdugos, todos también son las víctimas.

Este país que en los últimos años vio apenas de lejos, y como sin querer ver, los descuartizamientos en vivo perpetrados por los paramilitares, las ejecuciones sumarias infligidas por los uniformados, los estallidos mutiladores originados por los guerrilleros, es el mismo país que goza con el acuchillamiento de los animales, con el escarnio tenaz de las vísceras, con las estocadas de gracia sobre el cuello fatal.

Hay un secreto pasadizo entre la tortura y sacrificio de las bestias, y las matanzas de los humanos convertidos en bestias. Quien goza con el primer evento, se solaza con el segundo, pues una única magulladura y un único exterminio se está proporcionando a idénticos seres perforados y despedazados para satisfacción de unos e interés de otros.

“Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible”, escribió el Mahatma Gandhi como si hablara para los taurófilos. Cuesta trabajo entender cómo no se estremecen de piel y de estómago los hombres que aplauden el martirio de los animales.

¿Qué fluido ácido atraviesa sus nervios, qué frío eriza sus epidermis, qué arcadas amagan el vómito? ¿A quién se le ocurre disfrazar de luces, festejar de músicas y teatralizar de trajes el acto de desangrar con lentitud y progresión estudiada a seres que comparten con los hombres idéntica repugnancia ante el dolor?

El toro de lidia

•August 9, 2010 • Leave a Comment

FUENTE: LA REPUBLICA

José Felix Lafaurie

Nuevamente la Corte Constitucional tiene en sus manos una decisión trascendente: Incluir en la ley de protección de animales a los toros de lidia y con ella acabar la fiesta brava.

Es una decisión de fondo que claramente está en el corazón de las tradiciones colombianas, como lo son también la riña de gallos y el coleo.

El alma de una nación se forma en el yunque de sus propias tradiciones, en el conjunto de bienes culturales que una generación hereda y trasmite a las siguientes, y que de suyo constituyen los valores, las creencias, las costumbres, y las expresiones artísticas que, en nuestro caso, son la herencia originaria de nuestra mezcla indígena y española, y que hemos venido construyendo desde hace más de cinco siglos. Somos por tanto producto de nuestras propias tradiciones.

Nadie puede imaginarse cualquier pueblo de la costa Caribe o del interior del país, sin su típica tradición de riña de gallos o del coleo, o de una celebración folklórica, como la fiesta de blancos y negros en Nariño o el Carnaval de Barranquilla que ahora es patrimonio de la humanidad, o las de San Pedro y San Pablo en Huila.

¿Quién se puede imaginar un pueblo de la Costa sin riña de gallos o en los Llanos sin coleo? No son una tradición de ricos ni de pobres, son del pueblo.

¿Cuál es la razón entonces para que la Corte tome la decisión de prohibirle a miles de colombianos que tienen como única alternativa de esparcimiento, la riña de gallos, el coleo, o la fiesta brava? Si las tradiciones en el fondo son lo que forma el alma de una nación, no las debe prohibir. Los ricos eventualmente pueden ir a la gallera a jugar. Pero el que cría el gallo fino, es el pobre. Y lo cría porque es la única alternativa de diversión que tiene, porque carece de escenarios deportivos y de otras cosas. Si tuvieran canchas de tenis, de fútbol o de basquetbol, uno no sabe si, con el paso del tiempo, esas tradiciones van cediendo paso a otras alternativas que les brinda la sociedad.

Además, porque detrás de esas expresiones se ha desarrollado toda una estructura productiva que las soporta. Miles de personas se dedican a la pintura en Nariño para construir carrozas, como centenares a mantener la feria de las flores en Medellín o el mismo Carnaval de Barranquilla. En el caso de la fiesta brava, son miles de personas que se han dedicado a esta tradición.

El toro de lidia, protagonista de la fiesta brava, es, por tanto, una realidad en la ganadería colombiana. Su cría es una actividad económica consolidada y sus criadores son tan ganaderos como los de leche especializada, los que se dedican a la producción de carne o al llamado doble propósito. Al igual que estos, comparten problemáticas, expectativas y afanes de modernización, aunque el suyo sea un ámbito productivo diferenciado. De ahí la existencia de las razas.

Las razas existen por el interés del hombre de lograr un objetivo: poder producir carne o leche y en este caso concreto de la lidia, producir bravura. Y para alcanzar los niveles de producción y calidad en esos campos, el hombre ha trasegado en el mejoramiento de la genética, de la alimentación de los animales, en los temas biológicos, pasando por la inversión en investigación. Es el resultado de muchos cruces y de siglos de trabajo.

Hoy en Colombia existen muchas empresas ganaderas dedicadas a esta actividad, en la cual invierten alrededor de cinco años para producir un ejemplar de lidia, que además genera muchos empleos y recursos a los fiscos.

Si tal objetivo se pierde y el mundo deja de torear, se echara por la borda el esfuerzo de siglos de trabajo y el resultado de muchos cruces, desintegrando de un plumazo los elementos sustanciales del toro bravo. El caso de la hípica en Colombia es un claro ejemplo de esto. El día que prohíban las fiestas de los toros, ese día desaparece el toro de lidia.

Indiana man arrested due to Filipino cock fighting mag

•August 7, 2010 • Leave a Comment

FUENTE: ASIAN JOURNAL

AJPress with reports from AP

EDWARD “Wally” Clemons never saw it coming.

Clemons, in his early 60’s, was arrested last Wednesday after authorities were tipped off by a “cocky” interview he gave a Filipino magazine.

The Humane Society of the United States tipped off the Indiana Gaming Control Division to the potential breeding operation.

John Goodwin, manager for animal fighting issues with the humane society, said his organization discovered the operation after Clemons gave an interview to a Pit Games, a Filipino magazine dedicated to cockfighting.

“It’s clearly a cockfighting magazine,” Goodwin said.

On the cover of issue #31, the magazine tells readers there’s a story inside about “Wally Clemons: The breeder from Indiana.”

Inside, the story describes breeding for different styles — American, Filipino and Mexican. Goodwin said this is industry-speak for different fighting styles. Each style puts different types of blades on the animals’ feet for the fights.

“They gave him about eight pages of glossy full color print to this individual touting his roosters,” said Goodwin.

Goodwin said the humane society closely monitors the international magazines to find domestic cases.

About 200 total roosters were seized. Officials say they were all part of an illegal breeding and selling operation Clemons has been running for at least four years at his Fairland home.

Investigators said the animals didn’t fight on this farm. They were just raised here and then sold to people who would take them to other places like Southern Indiana and Kentucky, even other parts of the world to fight.

Fighting cocks can cost anywhere from $1,000 to $2,000 each.

If Clemons is charged, gaming officials said he could face charges ranging from a Class B misdemeanor to a Class D felony.

Cockfighting is a huge sport in some countries including the Philippines.

Established in 1994, Pit Games is primarily engaged in publishing and printing about game fowl, cockfighting, and the gaming industry. (AJPress with reports from AP)

( www.asianjournal.com )

( Published August 7, 2010 in Asian Journal Los Angeles p. A7 )

Cockfighters reasonably believe they’re innocent

•August 3, 2010 • Leave a Comment

FUENTE: THE STATE

WAYNE HUTTO might well have been telling the truth last week, when the teary cockfighter pleaded with a judge for mercy, assuring her that he loved his “royal” chickens and believed that fighting them was merely helping them to fulfill their destiny, that he was upholding the traditions of South Carolina that city folks couldn’t possibly understand or appreciate. He probably convinced himself that he had done nothing wrong when he bred them for their fighting ability and ran a facility where people came to watch and wager as the drugged-up chickens with little spurs strapped to their feet fought to the death.

Indeed, there’s something pathetically sincere about many cockfighters, who, having been initiated into this blood sport by their parents and their parents before them, simply can’t fathom why anyone could possibly object.

//

We certainly ought to empathize with them — because we share the blame for their ignorance. We don’t take cockfighting seriously. We label it a misdemeanor, and slap people on the wrist if we catch them. Sort of like speeding, or maybe running a red light. What do we expect them to think?

What do we expect them to think when they can get away with openly identifying themselves, showing off their facilities, declaring before a legislative panel that they are cockfighters and will not stop being cockfighters — and threatening any legislators who dare try to toughen the law? What do we expect them to think when, even in the face of such lawless behavior, the Legislature refuses to strengthen the law, time after time after time?

Oh, we may know that’s because a handful of belligerent legislators use secret maneuvers to block the will of the majority; but to the uninitiated, it is the will of the majority that their “crime” remain barely that. And they’re not entirely wrong: The majority obviously doesn’t care enough to stand up to the cockfighting sympathizers in their midst and pass the bills over their objections.

So it must have come as quite a surprise to a lot of cockfighters when the U.S. attorney’s office issued indictments against them last year. The U.S. attorney had to do what the state attorney general or local solicitors should have done, but really couldn’t because our laws make prosecutions a joke — and further cockfighters’ disdain for the law. It obviously came as an even greater surprise when a federal judge handed down real sentences — a year in prison for Mr. Hutto and his wife; 21 months the next day for another cockfighter.

We’re glad to have the assistance of the federal government, since the Legislature has tied the hands of our own prosecutors — and since it shows no inclination to change. This year, even as we were hearing lurid testimony in federal court, the Legislature completely ignored the topic.

Cockfighting indeed has deep roots in our state. But it is not an innocent activity, and you don’t have to be an animal-rights activist — or even an animal lover — to object. You need only be a people lover. Cockfighting is a gateway blood sport that teaches observers and participants that it’s fun to watch living creatures endure pain. It’s inextricably linked to illegal drugs and gambling. And because the cockfighting and the drugs and the gambling are illegal, participants become comfortable in the underground world that has grown up around it — and that they themselves have grown up around.

We have a responsibility to help the people immersed in this culture understand that what they’re doing is illegal and intolerable. The way we do that is by insisting that the Legislature apply some real penalties to their crimes.
Read more: http://www.thestate.com/2010/08/03/1400693/cockfighters-reasonably-believe.html#ixzz0w7aJoBC5

Los gallos y los toros

•July 30, 2010 • Leave a Comment

FUENTE: EL MERIDIANO DE CORDOBA

Por MIGUEL MERCADO VERGARA

Casi todos los pueblos de la América hispana heredamos de España la costumbre de las corridas de toros y las riñas de gallo. Unas y otras tienen como escenario  un redondel de tierra y arena que de tarde en tarde se tiñe de sangre porque allí, en medio de ofrendas de valor, se juega a la vida o a la muerte según el destino que corresponda al bicho.
Y así, en medio del bullicio y alboroto que suscita el espectáculo de la lidia del astado o del combate que brinda el giro con el pico y sus espuelas, un centenar de hombres y mujeres olvidan y se alejan en aquellos instantes del acoso rutinario descargando penas y liberando emociones.
Los taurófilos que han dedicado tiempo a quemarse las pestañas estudiando el fenómeno de la fiesta brava argumentan que éste es un oficio en el que los niveles del arte, conjugados con el valor, se expresan con más finura pues allí la estética, que es una exigente manifestación del comportamiento humano, se muestra con mayor esplendor no obstante la dificultad para desplegarla por la rudeza que implican aquellos momentos en que el riesgo se da la mano con la suerte.
Pero hoy, ese legado que por centurias hace parte del alma popular y que subyace en las costumbres de muchas regiones de ésta parte del mundo, lo quieren eliminar de un plumazo con el argumento de ser espectáculos crueles que tienen  represión en el catálogo de leyes sobre Protección Animal.
El debate jurídico viene planteado desde la misma España, cuna del toreo con vestido de luces y madre también de los festejos de corraleja ya que las tardes de los bravos astados que allá año tras año trepidan por las calles de San Fermín constituyen la representación autentica del viejo 20 de enero en la antigua plaza Montería Moderno y que aún se conserva vigorosa en Cereté, Ciénaga de Oro, Planeta Rica, vibrando con similar entusiasmo en Sincelejo y en muchos pueblos del litoral Caribe.
Pretender que un fallo judicial arranque del corazón de éstas comarcas unas celebraciones que simbolizan costumbres ancestrales es navegar contra la corriente porque lo que  tiene arraigo popular se convierte con el tiempo en patrimonio colectivo del que nadie puede sentirse dueño.
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Cambalache: Toros no, gallos sí

•July 30, 2010 • Leave a Comment

FUENTE: LO QUE PASA EN TENERIFE

  • Por Ginés de Haro – Santa Cruz, 30 Julio, 2010, 13:58

Están dando saltos de alegría por esos medios los antitaurinos canarios, lo que viene a ser la casi totalidad de los columnistas, blogueros y público en general. Más que por la prohibición en Cataluña de lo que consideran una fiesta bárbara y morbosa, se resalta con orgullo que “nosotros, más civilizados que nadie, fuimos los primeros en prohibirlos”.

Sin embargo, tan ocupados como están celebrando el éxito de la iniciativa popular en Cataluña, nada se sabe y nada se escribe sobre nuestras peleas de gallos, espectáculo que deben considerar muy edificante (y que, por cierto, a la mayoría de aficionados a los toros les parece aberrante). La opinión pública canaria, tan civilizadamente antitaurina, no dice ni pío sobre nuestra tradición gallística: ni recogida de firmas, ni plataformas, ni editoriales, ni artículos de opinión que denuncien el espectáculo. A ver si lo que pasa es que el gallo de pelea, pobrecito mío, tiene menos “derechos animales” que el toro de lidia.

Lo cierto es que en medio de esta euforia se suele omitir que cuando se prohibieron los toros en Canarias, habían transcurrido ocho años sin celebrar espectáculos taurinos y la plaza languidecía por falta de afición desde mucho tiempo atrás… Era, por tanto, facilísimo, además de inútil e innecesario, prohibir lo que, de facto, no existía (como no es necesario prohibir en las islas la caza del zorro o la lucha de sumo japonesa) salvo que con ello se pretendiera colgarse la medallita animalista y lograr un puñado de votos.

Sin embargo, esa tremenda sensibilidad de sus señorías con los cornúpetas no se trasladó a los gallos, a los que la compasión tan sólo les alcanzó para dejarles sin subvenciones y evitar la entrada de menores de 16 años a las galleras. Simple cosmética. Puede que en este doble rasero algo tenga que ver que en las islas hay cierta afición (y tradición) a las peleas de gallos, y, con aficionados y por tanto con votantes de por medio, no hay partido que se moje. Así que, estimados antitaurinos, sería bueno poner en su justa medida el mérito de una medida más populista que valiente, porque no es propio de valientes eludir la pelea con un gallo quíquere de aquí y ponerse farruco con el toro que está a dos mil kilómetros.

El caso es que los antitaurinos saltan y gritan (y algunos lloran de alegría como cuando ganó España) celebrando una nueva prohibición (pocas veces la izquierda libertaria habrá celebrado tanto una prohibición). Ni se les habrá pasado por la cabeza pensar que lo que ellos celebran como un triunfo de la civilización, la mayoría en Cataluña, y la prensa extranjera en pleno, lo interpreta en clave puramente política: más como un paso para el independentismo catalán que como un avance cívico. Con los toros como instrumento político de diferenciación frente a España, se podría pensar que las leyes prohibicionistas tendrán ahora más dificultades para prosperar en aquellas regiones con tradición taurina y sin anhelos separatistas, más aún cuando el hasta ahora adormilado colectivo taurino se ponga firme.

Con tanto jaleo, el aficionado canario bastante tiene con esperar a que pase el temporal releyendo a don Joaquín Vidal, y revisando en la clandestinidad, ahora compartida por los aficionados catalanes, las faenas de Morante o José Tomás (las portadas se reservan para las cogidas escalofriantes, lo que deja la duda de quiénes son los morbosos).

Es inútil intentar explicar que en el ruedo hay algo más que tortura y sadismo a quien no conoce ni el arte ni el simbolismo que encierra el toreo. Tan inútil como discutir de fútbol con los que sólo ven a “veintidós señores en pantalón corto corriendo detrás de una pelota”, tan estéril como hablar de arte abstracto con los que dicen que “un cuadro de Miró es una bazofia que podría pintar mi hijo”. Una pérdida de tiempo discutir con quien ni sabe, ni entiende, ni le interesa el toreo. Con los que ignoran todo sobre lo que sucede en la plaza pero creen estar en posesión de la verdad absoluta en asuntos de ética.

Y por favor, que alguien se acuerde de los pobres gallos.

 
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