Los gallos y la cultura nacional

FUENTE: EL NUEVO DIARIO

26 / JULIO / 2009

Guillermo Rothschuh Villanueva
¿Sería la nostalgia la que me llevó a evocar Gente de Gallos, la revista controversial dirigida por Mario Tapia? ¿El deseo de airear los recuerdos me indujo a volver la mirada a una época remota de mi vida? En el despertar de mi adolescencia fui mordido por la pasión de los gallos. Un ardor que me entretuvo durante mis dos primeros años de bachillerato. Mi amistad perpetua con Humberto y Rodolfo, los gemelos Argüello, tuvo su origen en el entusiasmo compartido por los gallos. Sentía orgullo que los hermanos Castro, propietarios de la única gallera en Juigalpa, me dispensaran su amistad. Sin saberlo mi padre me introdujo al mundo fascinante de los gallos. La mañana que me llevó a conocer a don Eudoro Suárez, un verdadero gentleman en el enrarecido ambiente provinciano, criador y apostador empedernido, quedé atrapado por su cántico sonoro.

Apenas cifraba los seis cuando quedé seducido por el encanto de los gallos. Desde su reposo en la hamaca, don Eudoro daba las instrucciones pertinentes a Rogelio Chapín. Los gallos daban una tonalidad distinta al paisaje del Hotel Imperial. Para distinguirme don Eudoro pidió a que sostuviera un gallo colorado; desinhibido cantó entre mis manos. Seis años después atraído por los gritos desaforados de los apostadores, me escabullí entre el bullicio para ver de cerca los motivos de sus arrebatos. Mi abuela María del Carmen creyó que mi desaparición se debió a que había marchado de regreso a casa de mis padres. La Salvadora y la Auxiliadora, las hijas de su comadre Hilda, llegaron a decirle escandalizadas, que su nieto entraba a ese antro de perdición los domingos por la tarde.

Mi relación con Donato Amador, mis llegadas adonde Ernesto Rivera, mis visitas permanentes a Napoleón Castro, mis pláticas recurrentes con Gustavo Sirias, Tapita de Dulce, estaban selladas por los vicios compartidos. Todos criaban, ennavajaban y jugaban sus gallos como si en cada apuesta se les fuera la vida. Ernesto me regaló un pollo de su crianza. Napoleón se encargó de prepararlo para el combate y a medio camino me dijo que me daba dos gallos a cambio de quedarse con el mío. La gallera pasó a manos de Leonardo Membreño, quien ciego jamás me diviso entre el tumulto, sin temor a las multas que imponía la guardia por dejar entrar a menores en esa madriguera.

A los catorce años los gallos desaparecieron de mi vida al percatarme que las mujeres eran más bellas, finas, diestras y aguerridas. Creí que se trataba de una deserción para siempre hasta que me topé con la revista de Mario Tapia. En una de esas idas a Juigalpa a casa de mis padres en Palo Solo, me encontré con una pila de revistas que revolvieron viejas pasiones. Ardid o subterfugio, Mario incluye como tema central en cada uno de sus números, una especie de monografía municipal. Su trabajo sólo es comparable al emprendido hace más de seis décadas por Julián N. Guerrero. Continuador de esa tradición, Mario Tapia recorre el país, indaga entre sus gentes, consulta a los primeros cronistas, localiza nuevos datos en los archivos eclesiales y se apoya en la memoria histórica de sus habitantes, para ofrecernos una versión contemporánea de la Nicaragua de finales del siglo veinte y principios del veintiuno. ¡Eso vale toda la revista!
Uno constata en sus páginas que gallos y galleras están enquistadas en la memoria histórica nicaragüense; símbolo de un machismo que se ramifica por todo el tejido de nuestra sociedad. En entrevista concedida a Mario Fulvio Espinosa, en ocasión del décimo aniversario de Gente de Gallos (2008), hace saber que el primer Jefe de Estado de Nicaragua, Juan Argüello, en carta enviada a Guatemala, el 8 de diciembre de 1825, pide a Pedro Molina le obsequie un gallo de pelea para multiplicar su progenie en Nicaragua. Mi hijo Marcelo me pide de regalo navideño en 1998, un gallo de pelea. Solicitud satisfecha gracias a la generosidad del reputado criador jinotepino Ramón Cruz. Su hija Claudia me sacó de apuros. La petición de Marcelo, ¿una herencia genética o una cuestión cultural? Marcelo y Alejandro, apenas niños, me pidieron llevarles a la gallera que quedaba en la pista a la UNAN, a la orilla de la entrada del Colegio Americano.

Durante los cincuenta, sesenta y comienzos de los setenta, el cine y la música mexicanos fueron decisivos en la conformación de la cultura nicaragüense. Eso que Carlos Monsiváis llama cultura campirana inundó las pantallas. María Félix, Lola Beltrán, Lucha Villa, Chavela Vargas, Amalia Mendoza, La Tariácuri, Pedro Infante, Jorge Negrete, Luis Aguilar, José Alfredo Jiménez, Lalo González, El Piporro, y Miguel Aceves Mejía, actuaban y entonaban sus canciones metidos en los palenques. Durante mis años de estudios universitarios en México comprobé que el machismo penetra todos los intersticios de su sociedad. El día que llevé a mis compañeros a mi apartamento en Colonia del Valle, Sánchez Azcona 1411, después del almuerzo ayudé a Patricia a fregar los platos. ¡Nica vení! ¡Eso déjaselo a tu virgencita! ¡No perdamos el tiempo!

La mayoría de los miembros de la Guardia Nacional, desde rasos hasta generales, fueron unos grandes juerguistas, pero sobre todo galleros. El domingo 10 de julio de 1988 los miembros de la Coordinadora Democrática desafiaron la prohibición de no realizar una manifestación en Nandaime. Empecinados en romper el monopolio político en la utilización de plazas y calles ¡Nandaime fue! El jingle que invitaba en las radios a la manifestación, tenía como música de fondo El Polvorete, la celebrada canción del mexicano Vicente Fernández, donde exalta el goce y la pasión infinita de los gallos. “Quien pudiera tener la dicha que tiene el gallo, racatapapun chinchin el gallo sube, hecha su polvorete y se sacude. Ya veras paloma que no hay gavilán que a ti te coma, que no hay gavilán que a ti te coma”. Militantes católicos sabían que el gallo simboliza la resurrección. Para los franceses anuncian un nuevo amanecer. Tomás Borge desde la cárcel exclamó que el amanecer había dejado de ser una tentación. Los marchistas de Nandaime anunciaban otra alborada.

Durante las elecciones del 25 de febrero de 1990, los sandinistas cantaban El Gallo Ennavajado del compositor de música de niños Mario Montenegro. Su canción era el grito de batalla para ganar la presidencia. Daniel Ortega era su gallo ennavajado. La candidata opositora Violeta Chamorro vistió de blanco inmaculado. Ambos recurrían a la simbología cristiana para seducir a sus votantes. El uno asumía al gallo como su figura emblemática y la otra a la paloma. En un país estremecido y cansado por la guerra impuesta por los Estados Unidos, los propagandistas de Chamorro eligieron una figura que concita ternura y llama a la paz y los otros a quien simboliza la fuerza, el coraje, la masculinidad. Los dos recurrieron a imágenes arraigadas en el imaginario nacional. El gallo también significa el paso de las tinieblas a la luz. Nadie leyó de esa manera la propuesta sandinista.

Todos recuerdan al gallo de El Coronel no tiene quien le escriba, casi todos olvidan que la fundación de Macondo se debió a una pelea de gallos. José Arcadio, el fundador de la dinastía Buendía, no soportó la crítica de Prudencio Aguilar. Ursula Iguarán se negaba acostarse con su marido, ante el temor de parir un hijo con cola de cerdo. En media gallera, derrotado por la casta de los gallos de José Arcadio, Prudencio gritó: “A ver si ese gallo le hace el favor a tu mujer”. Una osadía que pagó con su vida. El ánima de Prudencio recorría todas las noches la casa de los Buendía. Para apaciguar sus conciencias Ursula y José Arcadio decidieron irse lejos para nunca jamás. Antes de partir José Arcadio “degolló uno tras otro sus magníficos gallos de pelea”. Después fundarían Macondo, una comarca inolvidable igual que Castilla la Mancha.

¿Los manifestantes en Nandaime creían que bastaba un polvo de gallo para desalojar a los sandinistas? Intentaron hacerlo en el momento en que los sandinistas eran los gallitos de patio de toda Nicaragua. Al país se le puso la carne de gallina cuando la Policía Sandinista rompió cabezas y envió a la cárcel a Miriam Argüello y Agustín Jarquín. La oposición no disponía de un gallo fino para hacer contrapeso a jóvenes guerrilleros, briosos e iconoclastas, tampoco contaban con un gallo de tapada. La mayoría de los nicaragüenses percibía a los opositores como gallos porrocos. En la cultura nacional la expresión “guarde usted sus gallinas que mi gallo anda suelto”, forma parte de la doble moral que anida en el corazón de la mayoría de los nicaragüenses. ¿Gente de Gallos atempera o refuerza esta cultura machista? La revista de Mario Tapia induce a preguntarme, ¿la prohibición de los juegos de gallos en Nicaragua, como reclaman algunos, no serviría más bien para reeditar lo ocurrido en otras partes del mundo, donde su exclusión legal lanzó al clandestinaje estos juegos, nunca a su eliminación definitiva?
En la región del Caribe, los gallos forman parte de rituales religiosos. La santería practicada por cubanos, puertorriqueños, dominicanos, panameños, colombianos, venezolanos y brasileños, apunta a un fenómeno cultural de mayores proporciones. El sacrificio de gallos y gallinas negras forma parte de prácticas ancestrales. Tal vez a Mario se le ocurra explorar en su revista todas las aristas y manifestaciones culturales vinculadas con la existencia de los gallos. Me resisto a asumir el papel de San Pedro, quien negó al Señor antes que cantara el gallo en la madrugada. Yo también soy hijo de esa cultura. ¡Me niego a jugar a la doble moral!

~ by politicaesaccion on July 26, 2009.

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